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El Bombastico
350 desaparecidos en Rosario, 350 bicicletas para no olvidarlos
Fernando Traverso: arte, duelo y homenaje en un graffiti que modificó el paisaje de la ciudad
Por Julia Corna

Durante largos meses el responsable de plasmar decenas y decenas de bicicletas en las paredes de cada barrio de Rosario se mantuvo anónimo, generando misterio, especulaciones y enorme curiosidad. La ciudad que reclamaba conocer el nombre y el rostro del enigmático artista no era capaz, paradójicamente, de reparar en su andar nocturno con aerosoles y un esténcil a cuestas. Tras la presión policial del 19 de diciembre de 2001 se creyó que estas pintadas eran en alusión al asesinado militante social, Claudio “Pocho” Lepratti. Fue entonces cuando Fernando Traverso se atribuyó la obra y dio cuenta de su real significado…

Desde hace casi ocho años Traverso explica a quien quiera oírlo que los 350 graffitis que pintó son un “antídoto al olvido y un homenaje a la memoria” de los 350 desaparecidos que hubo en Rosario durante la última dictadura militar. Sin embargo, mucha gente continúa pensando que son un regalo a Lepratti. “Empecé en marzo de 2001 y al poco tiempo ocurrió lo de ‘Pocho’. Enseguida se pensó que era por él y allí decidí contar mi historia y el por qué de esta obra. Al principio me molestó un poco que arriba del dibujo se escribiera su nombre, pero luego lo acepté. Es parte del crecimiento y la resignificación permanente que va ganando esta obra callejera”, aseguró el artista de 58 años en una extensa entrevista con El Bombastico.

Nació en el barrio Empalme Graneros, se crió allí y con unos veinte años comenzó a militar en un club de la zona oeste. Su hermana, por aquel entonces estudiante de Ciencias Económicas, fue quien lo incitó a interesarse en la política y en la lucha social. Pero para fines de 1976, la militancia se había convertido en una actividad de alto riesgo y el gobierno del siniestro trío que integraban Videla, Massera y Agosti, comenzaba a hacer estragos en Argentina. El terror de Estado ya se cobraba a sus primeras víctimas.

En medio de su labor en Villa Fanta, un barrio de emergencia de la zona oeste que creció luego de la instalación de la planta embotelladora de Coca Cola, Traverso conoció a “Cachilo”. Nunca supo su nombre real porque en esa época era habitual el uso de apodos para preservar la identidad. “Era un tipo activo, líder por naturaleza, trabajaba en una fábrica que hacía objetos de bronce y siempre andaba en una bicicleta negra de estilo inglés que ya por entonces era una reliquia”, contó visiblemente emocionado por el recuerdo.

Una tarde de diciembre de 1976, “Cachilo” pedaleaba a toda prisa cuando Fernando caminando en sentido contrario al tránsito le sonrió con entusiasmo y alzó la mano para saludarlo. La reacción de su compañero lo desconcertó: le esquivó la mirada tan pronto como pudo y con una expresión de terror en el rostro aceleró la marcha. “Sabía que lo estaban siguiendo y no me devolvió el saludo para protegerme, para evitar que yo corriera su misma suerte. Unas cuadras después encontré su bicicleta atada a un árbol y esperé a que volviera por ella. Al día siguiente mantuve la vigilia pero nada pasó, nunca más lo vi”, rememoró conmovido.

“Cachilo” fue el primero de los veintinueve amigos de Fernando que desaparecieron durante el último gobierno de facto. En sus años de exilio en la provincia de Corrientes, el cerigrafista cultivó su vocación de artista plástico como una vía de catarsis a tantos duelos acumulados. Veinticinco años después del día en que esperó en vano que Cachilo volviera por su bicicleta, Fernando dio inicio a una intervención urbana que en cuestión de meses se transformó en parte del folclore cultural rosarino.

El 24 de marzo de 2001, en un nuevo aniversario del sangriento golpe militar, salió a la calle en plena madrugada y, preso de los nervios y la ansiedad, se detuvo enseguida para empezar a trabajar. Así, en la esquina de la casa donde aún vive pintó una bicicleta vacía de tamaño real junto a un número de serie, el 001/350. Finalmente, el 13 de abril de 2004, Fernando culminó su gran obra: plasmó la bicicleta 350. La elección del sitio donde pintó esta última no fue azarosa, el artista quiso dedicarla al recuerdo de “Cachilo” y le dio forma en la esquina de Teniente Agneta y Mendoza, a metros de donde vivían él y su madre un cuarto de siglo atrás. El momento quedó retratado por una cámara de 16 milímetros en el documental Trescientoscincuenta, del realizador audiovisual Diego Fidalgo.

_ E.B: ¿Cuánto tuvo que ver el grupo En Trámite en tu decisión de salir a la calle a pintar las bicicletas?

_ F.T: Muchísimo. El grupo se formó en 1999, éramos cinco: Daniel Perosio, Marita Prieto, Alicia Sbarbati, Diego Fidalgo y yo. Ellos me contuvieron mucho y me dieron el puntapié para animarme a pintar las bicicletas. Por cuestiones de la vida nos separamos hace un tiempo pero siempre está latente la idea de volver a trabajar juntos, ya que somos muy amigos. Hemos hecho montones de cosas, entre ellas una serie de laburos con hielo. Para uno de ellos armamos un cubo negro de hielo de dos metros por dos metros frente al bar Rock & Feller’s, a medida que se derretía iba manchando todo el piso. Otra vez pusimos zapatos adentro de los hielos y fuimos al Pasaje Juramento entre la Municipalidad y La Catedral. El impacto visual de estas intervenciones fue muy lindo y significativo para nosotros.

_ E.B: ¿Actualmente en qué estás trabajando?

_ F.T: Estoy colaborando con grupos, mayormente de estudiantes, que prefieren mantenerse anónimos. Cuando hacen intervenciones urbanas me llaman para que las armemos juntos y eso me halaga mucho. Una de las experiencias en las que me involucré fue la de Estado de Sitio, un graffiti que se hizo el 19 y 20 de diciembre de 2007. A su vez, participo de muestras en distintos lugares del mundo, recientemente estuve trabajando en El Paso y Ciudad Juárez y también visité a amigos exiliados en Europa e hice unas intervenciones con bicis en España. Además, mientras estoy en casa pinto bicicletas en telas que me da la gente, ya llevo casi 3000 banderas hechas. Me tienen que atar las manos para que deje de pintar (risas).

_ E.B. Contanos un poco sobre tus años de exilio, ¿cuándo y a dónde te fuiste?

_ F.T: Decidí irme de Rosario en noviembre de 1977, la situación se estaba complicando y tenía mucho miedo. Primero fui a Córdoba porque allí estaba mi papá, en apenas una semana me encontré con varios conocidos y me di cuenta que ese lugar no era seguro. Finalmente me exilié en Corrientes, en un campo en el que vivían unos amigos que nada tenían que ver con la militancia y la política. Siempre digo que durante esos largos cinco años, lo que me salvó fue el Gauchito Gil. Como sabía hacer calcomanías y banderines todos los 8 de enero iba a la fiesta y con las ventas de ese día podía mantenerme dos o tres meses. El resto del tiempo, cuando necesitaba dinero, trabajaba de acompañante de camioneros. Me conozco Corrientes de punta a punta, es un país aparte. Recién ahora estoy recordando cosas de esa época y viendo el lado positivo de haber estado allí.

_ E.B: A tu regreso a Rosario en 1982, ¿soñabas con ser artista y vivir de eso?

_ F.T: Nunca fue mi intención vivir del arte. Para mí el arte no es una moneda de cambio, sino se transformaría en una mercancía. Creo que aquellos que quieren ganar plata no son artistas, con esto no se lucra ni se busca fama. El arte es algo que está muy cerca de la filosofía, es pura idea. Debe servir para generar una reflexión, para invitar a pensar. Jamás me interesó tener un perfil alto o hacer una muestra. Al volver a la ciudad empecé a trabajar en el hospital Centenario, donde aún sigo. Estoy en el sector de atención primaria de la zona oeste. Recojo las muestras para análisis de los dispensarios barriales para que la gente no tenga que llevarlas hasta el hospital. Me gusta lo que hago.

_ E.B: Tenés varios álbumes donde conservás las fotos de las 350 bicicletas que ilustraste en las calles de Rosario, algunas ya no están. ¿Qué te pasa cuando las borran, pensás volver a pintarlas?

_ F.T: Hace poco estaba repasando las fotos y calculé que casi la mitad ya no existen. Con tantas obras en construcción que hay en la ciudad las paredes se han ido tirando abajo, encima yo solía elegir paredes grandes de edificaciones bastante viejas. Así que donde las borraron voy y grabo con aerosol la frase: “¿Alguien vio una bici que deje aquí?”. No quiero volver a pintarlas. Para eso colgué un molde del esténcil en mi página web www.00350.com.ar, el que quiere lo puede descargar, hacer su propio molde y pintarla donde quiera. En algún momento se van a empezar a confundir las mías y las de otros, pero eso a mi no me importa. Yo no vendo, no soy una marca. Es necesario desmitificar un poco al artista, no soy celoso de lo que expreso. Además, creo mucho en lo que puede lograr a futuro la juventud de hoy, veo que tiene las mismas ganas de cambiar el mundo que tenía mi generación en los ’70. Eso me esperanza.

Una bicicleta, un objeto que desde pequeños emparentamos a la libertad. Una bicicleta sin dueño, la metáfora de una ausencia. Las historias de los 350 desaparecidos que hubo en Rosario durante la última dictadura militar ganaron las calles de la ciudad en una muestra de que el arte es mucho más que algo estéticamente bonito. Encierra significado, experiencias y sentimientos. El paisaje urbano cambió: basta descubrir el graffiti de estas bicicletas casi reales para preguntarse ¿de quién habrá sido?, ¿por qué la habrá dejado allí?, ¿cuándo volverá a buscarla?.
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